miércoles, 13 de junio de 2012

Ego vs. Ser: la polaridad integrada


Carl Jung definió la sombra como: aspectos ocultos o inconscientes de uno mismo, tanto positivos como negativos, que el ego ha reprimido o nunca ha reconocido. La sombra es un problema moral que desafía a toda la personalidad del ego, pues nadie puede tomar conciencia de la sombra sin esfuerzo moral considerable. Tomar conciencia de ella significa reconocer como actuales y reales los aspectos oscuros de la personalidad (tomado de Lexicon Jungiano de Daryl Sharp). Es decir, tomar conciencia implica reconocer estos aspectos.


Todos tenemos una sombra. Nuestra sombra se activará, se mantendrá y crecerá mientras nosotros sobre-actuemos y disfracemos nuestro Ser. El desconocimiento de nuestra parte oscura no constituye más que el mantenimiento del punto ciego que nos aleja de las posibilidades de ser y hacer en auténtica libertad (porque si re-conocemos, somos libres de elegir).

Cuanto más reprimimos los aspectos que no nos gustan de nosotros, más aparecen éstos a nuestro alrededor, ya sea en los amigos, en la pareja, en los compañeros de trabajo… y es que la energía de la sombra no desaparece por más que nos lo propongamos; sólo puede que reaparezca con más fuerza la próxima ocasión si la seguimos negando y rechazando.

Todo aquello que representa la polaridad de lo deseado, lo idealizado, no nos resulta muchas veces más que los despojos de un “yo” que rechazamos. Lo bueno y lo deseable lo colocamos en la fantasía de lo que podríamos ser (focalizando nuestra atención en lo que nos reporta placer inmediato, euforia o alegría pasajera), que puede representar lo que “a mí me gustaría ser” o en lo que "los demás quieren que yo sea".

Así, mientras que no tomamos como parte de nosotros lo rechazado, no podemos tampoco “ser” plenamente. A veces el ego se mantiene insuflado a base de introyectos o creencias de lo que es mejor, de lo que se espera de uno o de lo que se está obligado a hacer. Otras veces pensamos que la mejor versión de nosotros mismos es una persona sabia, correcta, buena pareja, buena amiga, buen hijo/a, trabajadora dedicada, mejor estudiante, aún mejor amante, incansable, hiperactiva…(es posible que os identifiquéis con alguno de estos ejemplos, o quizá con otros digáis “ah no, ¡yo nunca!”). Si nos apegamos a alguna de estas ideas sobre nosotros mismos podemos cegarnos a otras posibilidades de hacer. También con ello contribuimos a una ceguera colectiva. Por ejemplo, si Luis se considera siempre como una persona conocedora, sabia y experimentada que viene de vuelta de todo, no se permitirá ser ignorante y se cerrará la puerta a aprender cosas nuevas. Sin embargo, si no sabe algo y lo pregunta (superando así la barrera del miedo a que otros le consideren un ignorante) se abre la puerta a aprender. 

Necesitamos contextualizar nuestras acciones. Cuando actuamos desde la repetición o desde lo que deberíamos hacer, decir o sentir estamos manteniendo la inflexibilidad y la quietud. Creemos que nos va a ir bien, que nos protegemos de algo peor que las consecuencias de actuar de forma limitada. No es más que nuestro miedo impidiéndonos crecer, abrirnos, expandirnos, sin darnos cuenta de nuestro sufrimiento cada vez más patente. Y es aquí donde estamos actuando desde la mente, polarizada y egoica, en lugar de actuar desde el auténtico Ser, libre y en movimiento, ligero de equipaje (de miedos, frustraciones...)

La autenticidad en este punto sería la aceptación a contemplar todas las distintas partes de uno, al mismo tiempo que adoptamos la responsabilidad sobre nuestro Ser. Y siendo el reconocimiento de uno mismo una gran responsabilidad, también es el camino hacia la libertad y la paz interior.

Como me gusta decir: "La vida es el baile vibrante y hermoso entre la luz y la oscuridad".

(Extracto de mi conferencia La integración del ser y la superación de la dualidad, 29 de marzo de 2012)

viernes, 17 de febrero de 2012

El pequeño acto de la sencillez


Es sencillo. Quizá sólo baste con un beso al despertar, una sonrisa al mirarte al espejo, una caricia en tu propio rostro. Sólo el pequeño acto de levantarse cada mañana puede encerrar todo un regalo de ternura hacia ti mismo.

Sentir la frescura del agua, la suave sensación del calor en tu piel, vestirte un poquito más despacio hoy, puede ser un acto también de comunicación con tus emociones, tus sensaciones y tus pensamientos.

Tomarte un tiempo durante el día para visualizar tus anhelos, tus deseos, para recordar aquello que te reconforta y te sosiega cuando te sientes vencido, cansado. Ése puede ser un acto de amor hacia ti mismo.

Encontrarte con tus amigos, escuchar a alguien que necesita ser escuchado, compartir una confidencia o telefonear a tus seres queridos, incluso decir “buenas tardes” a alguien a quien no conoces puede ser un acto de amor hacia los demás.

Elevar la mirada y contemplar la vista mientras se transita por el bullicio, hacer una breve parada en aquel lugar pintoresco ajeno al ajetreo de la cotidianeidad, puede ser el acto de buscar la belleza aún cuando se piensa que ésta es difícil de encontrar.

Reducir el paso y disfrutar del paseo sintiendo cómo tu corazón se aquieta y la celeridad se apaga puede ser el acto de disfrutar de tu momento.

Salir al campo, sentir tus pasos firmes bajo tus pies y el aroma de la vegetación, puede ser el acto de estar en contacto con la naturaleza.

Y al final del día, meditar acerca de lo acontecido, evocar con afecto lo que se ha tenido y perdido, los pasos que se han dado, o pensar en aquellos que están a nuestro lado y pronunciar suavemente gracias, puede ser el pequeño-gran acto de vivir la vida.

Feliz tarde.

jueves, 26 de enero de 2012

Los 40 ladrones

De vez en cuando recurro a la lectura por algo más que por puro placer y entretenimiento, a veces busco deliberadamente ideas e inspiración. Esta tarde he querido tomarme un lapsus de tiempo para la lectura con este último fin y me ha alegrado encontrar en el libro de Verena Kast Alí Babá y los cuarenta ladrones (Editorial Desclée de Brouwer, 1989) lo que escribo a continuación:

"El empobrecimiento intrapsíquico de las personas no se debe únicamente a que adopten una actitud falsa frente a la vida; en algún lugar encontraremos siempre algunas fuerzas rapaces que están robando aquello que no les pertenece." - Y aquí me paro para aclarar que no voy a reflexionar sobre política, y que no es mi intención analizar el panorama actual al menos por ahora. - .

¿Qué nos puebla la mente, el alma y el corazón? ¿Qué fuerzas habitan en nuestro interior que no reconocemos pero de la que sí advertimos su efecto?

el texto continúa así: "Si tenemos la impresión de que cada vez nos van quedando menos energías para vivir y que perdemos la ilusión en aquello que hacemos y que antes realizábamos sin dificultades, es que nos ha llegado la hora de iniciar la búsqueda de los ladrones, de buscar esas parcelas rapaces que existen y actúan en nosotros, y que se escapan a nuestro control consciente".

La aportación de esta autora con el estudio de este cuento tan conocido señala claramente la influencia y el poder de cada una de las características intrapsíquicas que en mayor o menor medida nos gobiernan. Dicho así, puede parecer que tenemos fuerzas internas que nos asustan, que nos debilitan o que nos alienan. Es así. En cada uno de nosotros se representan diferentes parcelas que plasmamos en arquetipos, en metáforas, personajes, roles o papeles diferentes. El ladrón, el héroe, el malvado, el asesino y una larga lista de nombres que nos permite poner fuera aquello que llevamos dentro. Es motivo de reflexión cómo somos capaces de rechazar-nos tanto y/o vanagloriar-nos tanto, cómo repartimos bien y mal, como nos limitamos estrechando nuestras miras y nuestro comportamiento, mientras dejamos pasar la vida, la energía se agota, las ilusiones se alejan.

Me surge la pregunta de cuántos seres queridos, conocidos y gente cercana puede estar sufriendo, sintiéndose dentro de un atolladero sin salida, experimentando cómo las fuerzas menos reconocidas, los ladrones, les atemorizan y cohartan, porque además, ¡son 40!. Siento tristeza por esta energía que nos asola a muchos y de la que cuesta desapegarse.

Alí Babá, cuenta la historia, cuando vió aparecer a los 40 ladrones se escondió en lo alto de un árbol; desde allí contempló a los ladrones, fuertes y rudos, entrar y salir de la cueva secreta. Se sentía a salvo, protegido entre las ramas y las frondosas hojas de la mirada de los ladrones, mientras que él no los perdía de vista. Cuando el peligro que intuía pasó, pudo bajar del árbol, no antes.

"(...) Reflexionar sobre nuestra propia vida puede proporcionarnos serenidad: podemos comparar nuestra vida con el árbol que ha crecido y se ha desarrollado llegando a ser lo que es (...) quizá incluso caigamos en la cuenta de que un árbol logra crecer tanto en los buenos como en los malos tiempos."

Que tengáis una feliz semana.

miércoles, 18 de enero de 2012

Lo generativo de lo extraño

¿Por qué a veces - o a menudo- nos cuesta tanto trabajo cambiar situaciones, modos de hacer o de relacionarnos, que nos perjudican - y perjudican- tanto? Por qué es tan común (y más en estos tiempos) "lo malo conocido que lo bueno por conocer"?

En Psicología se ha investigado mucho sobre las reacciones humanas ante estímulos que nos resultan peligrosos o amenazantes; existen tres respuestas: la huída (la evitación del estímulo peligroso), el bloqueo o el afrontamiento. Si un perro me sorprende en una calle de noche y me gruñe y enseña los dientes sin denotar amabilidad por su parte lo más natural es que yo huya de la escena.

Las situaciones de incertidumbre, de extrañeza, a menudo traen ligadas emociones y sentimientos diversos como son la confusión o el miedo. El temor ante lo desconocido nos puede paralizar, desbordar. No es más que una respuesta normal y natural del ser humano. 

Sin embargo, no llegamos a plantearnos qué se esconde tras una situación nueva, desconocida, y sobre todo, qué nos puede aportar de beneficioso en nuestras vidas. la falta de información puede consitutir un elemento disuasorio a la hora de asumir nuevos retos. El exceso de información orientado a reflejar sólo una parte de la realidad, también, porque evidencia la carencia de otro tipo de información.

Las oportunidades a menudo se esconden en la incertidumbre, en lo poco habitual. Cuando nos comportamos de la misma forma, cuando actuamos y repetimos conductas estereotipadas que estamos acostumbrados a hacer, vamos a encontrar lo mismo de siempre, vamos a generar las mismas cosas. Nos proporciona seguridad. A menudo incluso, ante un problema tratamos de dar repetidamente la misma solución sin éxito. Nos defendemos de lo nuevo y nos bloqueamos, nuestra energía se interrumpe y nos agotamos. Esperamos a que "las cosas cambien" y que el mundo haga por nosotros lo que sentimos que no podemos hacer por nosotros mismos.

Invito a la reflexión conjunta, a la apertura de nuestros sentidos y nuestra intuición. La sensibilidad puesta al servicio de la toma de conciencia nos puede permitir hallar en lo desconocido modos nuevos de hacer, formas diferentes y ricas de actuar. Focalicemos nuestra energía en aprovechar las oportunidades allí donde aún no hemos buscado.

Que tengáis una excelente semana.

domingo, 22 de mayo de 2011

Encontrándome

Como llevo un tiempo en modo "gratitud" he dejado otras actuaciones al margen desde hace algún tiempo. Sin embargo, ahora tomo conciencia de la importancia de mis escritos públicos para retomar la fluidez en la comunicación de lo que surge de mí hacia los otros, como una manera más de mostrarme en el mundo.

Y precisamente ahora pienso en esa fluidez en la comunicación y cómo estar en contacto conmigo me facilita el camino que transito hacia los demás. Tan importante es ese contacto genuino que me hace capaz de transmitir de forma auténtica mis emociones, sentimientos, deseos e ideas. A veces este contacto es sutil en la conciencia, porque cuando estoy habituada a ejercitarlo ya no hace falta que lo haga como una acción voluntaria, sino que simplemente se produce. En otras ocasiones, cuando me alejo de mí y no me percato de mis necesidades, me voy de viaje y no estoy ni para mí ni para nadie. Es entonces cuando me quiero llenar de artificios, distracciones y banalidades. Me olvido sin conciencia de todo lo que soy y sólo reacciono a lo que pasa a mi alrededor, desde el otro lado del velo que pongo ante mis ojos.

Cuando me canso de todo eso, comienzo a ver las señales de tanto trasiego y es entonces que vuelvo, a veces a tientas, al camino que dejé plagado de miguitas para recordar como llegar a casa. Vulevo más o menos dolorida, más o menos "perjudicada" o simplemente con experiencias de lo que significa estar en el otro lado. Siento que sólo tengo ganas de mirarme y estar conmigo de nuevo. Estoy un tiempo recogida, y después nuevas sensaciones me inundan cuando por fin permito que las emociones aparezcan. Y cuando las vías de la emoción y la razón se acortan sé que estoy de vuelta.

Después es cuando estoy en mí, centrada y orientada, y desde lo que soy puedo y quiero estar con los demás. Tengo la buena fortuna de encontrarme cada vez más con personas con las que me relaciono desde lo que somos. Una maestra mía, Susi, dijo una vez algo así: "cuando por fin nos quitamos la máscara, es cuando nos relacionamos con personas que tampoco la llevan". 

En este momento mi máscara, pintada de colores y con mirada lánguida, reposa sobre el butacón de la esquina, aburrida y cubierta de polvo, a la espera de otra ocasión, quizá de otra piel distinta que la vista. La miro con ternura porque ha tenido su función, y la guardo en su sitio, para que tampoco se me olvide.

martes, 15 de marzo de 2011

Gratitud

Hace poco he leído un artículo sobre la gratitud y en él la autora (Jenny Moix) afirma que "agradecer es reconocer: si no apreciamos lo bueno que nos pasa, no podemos estar agradecidos" ¿cuándo apreciamos esto? pues la autora cita un estudio en el que se compararon puntuaciones de un test sobre emociones positivas antes y después del 11S; los resultados revelaron que sentimientos positivos como espiritualidad, amabilidad, esperanza o gratitud habían aumentado en puntuación en la población de estudio.

No es de extrañar. Los sucesos de los últimos días en Japón nos tienen en vilo y aún más después de las crudas imágenes en las que la fuerza de la Naturaleza arrasa con todo a su paso. A este lado del mundo, percibiendo como lejano o no lo que sucede en aquel país, nos sentimos influidos por tan magna sucesión de acontecimientos destructivos y, ¿acaso no se nos ha pasado por la cabeza "que me quede como estoy"? (a pesar de la crisis, etecé, etecé...)

Dar gracias significa reconocer lo que tenemos, lo que recibimos y lo que damos. El agua caliente de la ducha, la taza de café, dinero para gasolina y coche donde echarla... son pequeñas cosas que llenan nuestro día a día y las damos por supuestas, sin reparar apenas en su valor.

Estar agradecido es no dar por hecho que esto o aquello lo tengo porque sí. Agradecido es también agradecerse uno mismo estar en el mundo para poder disfrutar de las pequeñas cosas, para ganárselas. Gratitud no es más que la forma, el nombre que le damos a ese valor que a veces no incorporamos lo suficiente en nuestras vidas y que se sitúa al otro extremo de la soberbia y el exceso de orgullo, esperando en la sombra a ser mencionado en alguna conversación de tintes espirituales o existenciales. No es necesario entonces sacarla del armario, la gratitud no es disfraz que adorna nuestros más elevados deseos. Está mucho más cerca de lo cotidiano si sabemos cómo integrarla

Es posible mostrar gratitud también a las pequeñas y grandes cosas que cada día nos demuestran que estamos vivos y a las que no agradeceríamos su existencia en mil años, incluidos los madrugones, el mal humor, el tráfico, los niños que chillan y tiran petardos en Fallas (sí, a ellos también) e incluso gracias a los días que no me apetece dar gracias, porque eso forma parte de la "cara fea" que hace más bonita, apetecible y valiosa la otra. 

Esta mañana, entre el cielo plomizo y en una tregua de la lluvia, el sol arrancó un jirón de nubes para mostrar su cara y saludar. Gracias sin duda, a la lluvia por recordarnos el valor de la luz del sol, entre otras cosas.

sábado, 19 de febrero de 2011

Cuando negocio conmigo misma


Cuando negocio conmigo misma las cosas van bien; donde hubo conflicto se muestra la resolución, la tempestad precede a la calma, el desasosiego se traduce en serenidad.

Cuando negocio conmigo misma siento que estoy haciendo algo constructivo por mí, que mis capacidades se amplían y se desarrolla mi potencial creativo. Siento que doy una oportunidad a esa parte de mí que quiere y se quiere.
Cuando negocio conmigo misma veo que a mi alrededor se abre un abanico de posibilidades, que las cosas que antes aparecían entre sombras o tras cortinas de humo, se presentan deslumbrantes y más claras que nunca. Un arcoiris se forma tras la lluvia y me ofrece su paleta de colores para mezclar como más me gusta.

Cuando negocio conmigo misma oigo campanas al vuelo, tambores, violines y guitarras que componen nuevas sinfonías, escucho palabras que me motivan desde lo más profundo de mí.

Y además, cuando negocio conmigo misma actúo con libertad, apaciguo guerras sin sentido que mi razón sin mi corazón emprende, apago hogueras que mi corazón sin mi razón prende, me siento más ligera que ayer, me permito soltar lo que me sobra y tomar lo que me llena, y también me nutro de la fuente inagotable que habita en ese lugar tan conocido y a veces poco explorado que es mi fuerza interior.

Por todo ello y por muchas cosas más, elijo negociar conmigo, ahora que ya sé que la lucha era una pérdida de tiempo. Hoy prefiero viajar a mejores puertos, donde puedo encontrarme con aquellos que como yo, una día aprendieron a negociar.

martes, 1 de febrero de 2011

El niño interior

Hoy, una de mis alumnas dijo:
"Es que yo ahora no tengo cerca a ningún niño"
Y otra compañera le respondió
"¿Cómo que no? ¿y tu niña interior?"

A veces nos cuesta mucho verlo, sentirlo y escucharlo. En ocasiones, incluso, aguzamos el oído y un leve rumor se eleva desde alguna parte de nosotros, muy dentro y muy profundo. Desde el lugar que le damos, a veces le cuesta hacerse presente. En nuestra rutina, nuestro hábito de hacer sin más queda lejos de establecer algún puente hacia el disfrute, a no ser que nos lo propongamos "en serio". Él o ella, sin embargo, encuentra disfrute en todo lo que hace e incluso elige muy bien aquello que hace para que le aporte alegría y placer. Salta, ríe sin motivo, llora cuando toca y te achucha si más. Cuando algo no le gusta no cabe la palabra "aguantarse" y eleva su imaginación para crear lugares y situaciones más potentes y no lo hace "en serio", lo hace en "divertido". Después, acude a los compañeros de juegos más oportunos y los hace sus aliados a la hora de correr riesgos, hacer proyectos y pasar juntos el tiempo libre.

Cuando está doliente sabe inventarse historias que le transportan a un lugar confortable y así el dolor se pasa mejor, porque también sabe que pasará y pronto jugará de nuevo. Cuando alguien le exige que haga se rebota, lo hace de mala gana si es que lo hace y siente frustración. Si por el contrario percibe que no le obligan, se encuentra más libre y en equilibrio, y cede el paso al adulto que hay en él. No tiene inconveniente en no estar ahí todo el tiempo siempre y cuando se le toma en el lugar que merece porque es consciente de quien es.

Cuando lleva mucho tiempo en la sombra pierde fuerza, carácter y magia; le cuesta un poco más salir a jugar y no se recupera tan pronto del dolor. También le resulta más difícil escoger a determinados aliados y su voz se torna más débil y difusa dentro del adulto que salió de él. A veces, si esto ocurre, la frustración es intolerable y se vuelve caprichoso, insolente y manipulador, porque se queda casi ciego y no ve otra forma de salir afuera. Entonces la represión puede ser aún más severa.

Sin embargo el niño que llevamos dentro es sabio también, y si simplemente le cedemos un huequito y captamos un poco la esencia de su ser, nos puede llevar de vuelta a casa. 

Bienvenido sea en nuestro corazón, cuando en el largo camino que nos separa no nos haga falta más que chascar los dedos para que aparezca, sonriente y dispuesto a disfrutar, como siempre.

jueves, 20 de enero de 2011

A vueltas con la intimidad

"Ese pelo rubio te quedaba horrible",
" estoy con tu marido en cuanto a eso que te dijo de que eres una maniática insufrible",
"chica, ¿como te van las cosas con tu primo, mejor? porque ahora que saco el tema, hay que ver como te portas con él, ya te vale"
"ya sé que te gusta mucho ese perfume (enarcando la ceja derecha) pero hay otros perfumes en el mundo"


Según la R.A.E.

Intimidad:f.1 amistad íntima
f.2 zona espiritual reservada de una persona o de un grupo, especialmente de una familia.

Y también...
Íntimo: lo más interior o interno

No es tan curioso que los seres humanos nos relacionemos por límites y fronteras como la forma en la que hacemos uso de las mismas según convenga. Por eso al compartir nuestro mundo interior con quien estimamos oportuno le hacemos un regalo, le brindamos la portunidad de abrirse con los sentidos hacia nosotros y compartir una parte de nuestra esencia, de nuestro ser. No hay mayor privilegio que poder ver, oir y sentir al otro y saber que el otro nos ve, nos oye y nos escucha, como diría Satir. 

Sin embargo, el uso que hacemos de la información que el otro comparte con nosotros acerca de sí, sólo es responsabilidad nuestra y no concierne ya a la relación, aunque sí le afecta. ¿Intimidad significa guardar esto que la otra persona nos confió? sí, de esta forma se construye y se alimenta, la intimidad sólo perdura entre dos personas si la información no se divulga a través de terceras personas sin el consentimiento mutuo. De otro modo, se pierde confianza. Ahora bien, ¿La intimidad que tú y yo compartimos significa que puedo involucrarme en la intimidad que tú mantienes con otras personas? por supuesto que no, ni siquiera en el caso de haber compartido retazos de esa intimidad ajena a tí y a mí; si yo no te doy permiso, no la utilices, ni siquiera si crees que viene al caso. Pensemos que siempre nos faltará información sobre las relaciones que otros mantienen. Con esto hablo desde mí, no me interesa la cualidad de los límites de la intimidad que tengan otros siempre y cuando a mí no me afecte. Con cualidad me refiero a si éstos son más o menos permeables, es decir, más laxos o tolerantes a recibir y permitir acceso a otros con respecto según qué cosas. Unos límites férreos provocan bloqueo, falta de confianza y fluidez mientras que unos límites demasiado permeables rayan la vulnerabilidad y la confluencia.

En resumidas cuentas. La intimidad implica amistad íntima, y más aún zona espiritual reservada. A veces no está mal colgarse el cartel de ONLY V.I.P  para rechazar según qué preguntas o cuestionamientos, vengan de donde vengan y más que nada por economía cognitiva y emocional, que no están los tiempos como para malgastar energía. 

jueves, 13 de enero de 2011

Pequeña disertación sobre la atracción

Y de pronto te levantas una mañana y...¡zas!

Ahí está lo que esperabas, lo que soñaste y por lo que tantas horas de tantos días invertiste tu tiempo dando vueltas. Eso que en tu cabezita giraba sin parar y que por las noches no te dejaba pegar ojo. Lo deseabas tanto que ni siquiera te dabas cuenta de cuánto lo invocabas. Claro que, después de darle tantas vueltas hubo momentos en los que perdiste la fuerza, incluso pensaste que realmente no merecía la pena y mejor si te dedicabas a otras cosas. Pero la energía estaba ahí e inconscientemente lo buscabas. Hasta que un día todo llega.

Tanto para los éxitos como para los fracasos, las "cosas buenas" y las "cosas malas", tú decides que quieres desear, por qué ilusionarte y por qué merece la pena invertir tu tiempo, ¿no sería mejor gastar éste en algo que te haga mejor, feliz o te agrade en alguna medida? Quizá para algunos sí, otros deciden atraer hacia sí el fracaso. Y esto que parece tan simple sólo depende de un click en tu mente y en tu organismo, una pequeña señal que activa desde nuestros neurotransmisores a toda esa energía que nos rodea y que fluye entre nosotros a través de una red invisible. Acuérdate de cuando pensabas en esa persona y entonces te llamó por teléfono, o cuando sintonizaste la radio y sonaba justo esa canción que tarareabas segundos antes. Recuerda también cuando pensaste que no conseguirías ese ascenso, esa beca o ese triunfo tan importante para tí, y como al no lograrlo te dijiste "lo sabía", "no tengo suerte" o "no me sorprende". A veces ni nos damos cuenta, el otro día una amiga me dijo durante una conversación "cuidado con lo que pides" y por eso escribo este post, para que no se me olvide esto tan valioso que cada vez se nos hace más presente en la conciencia  a los occidentales.

Hoy te digo: pide con conciencia, pide tus deseos más hermosos, date cuenta de que eso que quieres lo puedes conseguir; ilusiónate y muévete por ello. Y luego me cuentas qué tal te va.

martes, 4 de enero de 2011

La joven y la piedra

- Oye ceño fruncido, ¿te das cuenta de que estamos en un nuevo año?
- Sí, ¿qué cambia eso? yo sigo teniendo el ceño fruncido.
- Bien, quizá podría contarte un cuento.

Hace mucho tiempo en un país muy lejano, vivía una joven que tenía a su disposición lo que ella quería: dinero, un coche, una ocupación, fiestas a las que asistir, vestidos hermosos que ponerse... y un día al volver a su casa (un magnífico palacio a las afueras de la ciudad) descubrió con asombro que había sido tomado por unos encapuchados que sostenían una pancarta a la entrada de su casa en la que ponía en grandes letras negras "¡DESOLACIÓN!". La muchacha, con los ojos llenos de lágrimas corrió por el camino de grava alejándose del que no volvería a ser su hogar. Todos los habitantes del país sabían que cuando la desolación llegaba, perdías todo aquello que hasta entonces te era importante; simplemente llegaba cuando menos te lo esperabas ya fuera por un giro del destino, por contagio o por mal de ojo. La joven corrió todo lo que pudo alejándose del lugar, hasta que cansada tropezó con una piedra muy dura y cayó al suelo dolorida.

- Oye, ¡mira por donde vas!

Se giró y aún confundida, cogió con su mano la pequeña piedra que se había interpuesto en su camino y que ahora le hablaba.

- Piedra, eres tú la que se ha puesto en mi camino.
- No, estas muy confundida, tú pasaste por mi camino y sin cuidado por tu parte me empujaste. Igual que te pusiste en el camino de la desolación y ésta ahora controla lo que te pertenecía.
- ¿Cómo lo sabes?
- La voz corre muy rápido entre nosotras las piedras, y más si pertenecemos a caminos que tienen un destino común.
- ¿Qué quieres decir?
- Que el camino que ahora recorres es el de huída, que llega hasta la evasión. La evasión a través de la huída y la desolación son muy parecidas.
- ¿Y qué puedo hacer ahora?
- Has tenido suerte de tropezarte conmigo, aunque te haya resultado doloroso. Todos en este país saben que cuando llega la desolación pierdes lo que te importaba, pero lo que sólo sabemos algunos es que es la oportunidad para elegir aquello que quieres de verdad. ¿Qué es lo que a tí te importaba y has perdido?
- la desolación se ha quedado con mi casa, mi móvil, mis vestidos, mis ahorros...¿cómo voy a conseguir lo demás si carezco de eso?
- ¿Qué es lo demás que te gustaría conseguir?
- Lo que quiero de verdad es estar contenta y ser feliz, tener amigos y divertirme
- Asique lo que quieres es una emoción placentera, un objetivo vital, amor y un subidón de endorfinas? 

"Déjame que te diga que para ello te conviene tomar algunas cosas que encontrarás en este camino que ahora recorres, y que te han llevado a perder lo que antes te importaba. Tú sabes cuáles son. Dales las gracias por lo que te han enseñado y hazles un hueco en tu bolso, donde antes guardabas el móvil - la piedra, con una ligera mueca burlona prosigue su discurso- ahora sabes qué son las cosas que tienes pero a las que no te hará falta recurrir. Después proponte aprender a tomar aquello del camino que te enseñe a valorar las cosas que quieres de verdad, y sobre todo a valorar lo que tú tienes en tu interior para lograr ganártelas, porque no las conseguirás con dinero, una gran casa o un estupendo coche. Eso hasta las piedras lo saben. Guíate por tu intuición para encontrarlo y cuando logres tomarlo, hazle un hueco en tu corazón y haz uso de ello cuando quieras.
¡Ah! por cierto, y si vuelves a tropezar conmigo en este camino que espero no vuelvas a recorrer, aquí estaré para abrirte bien las orejas de nuevo..."

- Feliz año, ceño fruncido.
- Feliz año para tí también.

 

lunes, 27 de diciembre de 2010

Grandes esperanzas

Esta mañana en una radio nacional escuchaba una sección dedicada a que los oyentes dejaran sus mensajes grabados en un contestador, dando respuesta a la pregunta ¿Qué deseo te gustaría que se cumpliera para estas navidades? y había de todo; desde la que pedía reunirse con su familia a miles de kilómetros, hasta el que pedía un trabajo para su primo que estaba en paro. Sin embargo, los que más me llamaban la atención eran aquellos deseos, aquellas peticiones de que hubiera igualdad de oportunidades para todos, se acabaran las guerras y reinara la paz, se distribuyeran las riquezas y que todos fuéramos felices. Lejos de detenerme hoy en lo utópico que resulta formular peticiones al aire de esta forma, me quedo con la respuesta de Jorge Bucay, colaborador del programa, que vino a ser algo así: "¿qué podemos hacer nosotros para producir los pasos encaminados a cumplir esos deseos?". Una madre deseaba que sus dos hijos varones se reconciliaran, ya que llevan desde pequeños (¡!) sin hablarse. ¿Qué podía hacer ella? Pedírselo a ellos, no a Santa Claus, fue la respuesta.

En qué medida nuestros deseos se quedan en eso, en deseos, es lo que me hace reflexionar hoy (mañana ya tocará otra cosa) acerca de la falta de conciencia de que uno es en gran medida el portador de parte de la responsabilidad que cuidadósamente dejamos recaer sobre los demás (si lo hiciéramos bruscamente se notaría demasiado...). Por otro lado, quizá el más sanador, visualizo esto como la oportunidad de darse cuenta de cuánto podemos hacer cada uno desde nuestras capacidades y contando también con nuestras limitaciones, para cumplir aquello que sí está al alcance de nuestra mano, sin caer tampoco en grandes fórmulas para sueños imposibles. Paz, armonía, prosperidad, oportunidades. Que quererlo está muy bien, y hacer algo por ello lo está aún más. Estas son nuestras grandes esperanzas para el mundo. Yo prefiero formular mis deseos en primera persona del singular:
Yo quiero tener paz; 
yo quiero tener las mismas oportunidades que tú tienes;
yo quiero dejar de luchar, y no entrar en guerras estúpidas
que no me llevan a buen puerto. 
Yo quiero estar feliz.

Yo puedo hacerlo posible. Y cuando resuelva esto conmigo misma entonces, y sólo entonces, se lo podré enseñar al mundo.

sábado, 11 de diciembre de 2010

El extraño viaje

Una mañana, al despertar, abre la ventana y observa; todo lo que ve a su alrededor le resulta desconocido, a la vez que ligeros atisbos de familiaridad rodean los edificios, monumentos y callejuelas de una ciudad bulliciosa. Decide salir a pasear, a reunirse con alguien o a huir de algo, y mientras camina, los extraños monumentos, modelos tomados de la mitología romana parecen cobrar vida, y cuanto más avanza hacia su descubrimiento, más se interna en pequeñas calles, oscuras, sombrías, que tras sus esquinas esconden más y más pequeños pasadizos, hasta que al final de una de ellas, por fín llega a encontrarse con el antiguo templo, justo frente al mar. Situada en el pórtico de la entrada, no se da la vuelta para observar la inscripción del friso, sino que avanza hacia la orilla, donde se da cuenta de cómo en la distancia, el horizonte se cubre de agua coronada por crestas de espuma, que avanza sin descanso, formando una gigantesca ola más grande y más alta que todos los edificios de la ciudad. Entonces corre, buscando un lugar donde guarecerse, o algo a lo que agarrarse. Casi siempre lo encuentra, y siempre está sola cuando lo hace. La ola no llega, porque el escenario cambia de pronto o porque se despierta. 

Entre las brumas del sueño, trata de dilucidar qué le ha llevado a encontrarse de nuevo en esa ciudad tan hermosa, tan conocida y a la vez con tantos secretos por desvelar. Lástima que en esta ocasión apareciera por medio el tsunami, que estropeó la cálida sensación de que todo permanece y queda en pie, como esas viejas estatuas enormes, que desde su atalaya observan a los transeúntes en su devenir, escudriñando sus pequeñas vidas repletas de amores, desengaños, pérdidas e ilusiones. Otro día se detendrá con más tiempo junto a ellas, acariciará su fría piedra y todo será perfecto. 

Es lo que ocurre en los sueños. Nada tiene sentido, y en realidad todo tiene significado. Y quizá al margen de que resulten completos, jamás nos parecerán perfectos. Y pienso que ahí precisamente, radica su encanto y su magia.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El mío es el dolor de cabeza

En ocasiones parece que los controladores áereos que rigen nuestras emociones convocan una huelga masiva y sin precedentes dejándanos el ánima en suspenso. Y es así que, cuando nos sentimos abatidos, doloridos y cansados, nuestro organismo da la señal de alarma y reproducimos síntomas tan variopintos y propios como lo son las huellas dactilares. Todos conocemos estos estados y cada cual lo resuelve (o no) desde sus recusos y limitaciones.

Es hoy un día en el que me apetece hablar del síntoma, ese gran protagonista de los clásicos "el pildorazo", "es mejor prevenir que curar y aún mejor disimular", "tápatelo que es una herida muy fea" y "¿síntoma? si yo te contara..." El gran olvidado en vademecums, DSM´s, consultas médicas y psiquiátricas, no por desconocimiento, sino porque parece que el sentido del síntoma aún es desconocido para el academicismo médico general.

El sentido del síntoma es el dar la señal de alarma de que un desequilibrio se está produciendo en el oragnismo. Ahora bien, aplacar el síntoma no equivale a equilibrar el organismo, sino que tan solo nos alivia temporalemente la molestia que esa alarma dichosa nos producía. El desequilibrio, el trastorno, sieguirá ahí en la mayoía de los casos, y buscará nuevas señales para manifestarse y avisar desde la profunda sabiduría del organismo. Y es que, nuestro cuerpo es sabio, nuestra razón no. Imbuidos por la baja capacidad de frustración, el temor al dolor y la desatención a nuestra biología, buscamos en las soluciones rápidas un método eficaz para "no pensar" o "dejar de sufrir". Basta urgar en nuestra "despensa médica" particular para encontrar los "acalladores" del dolor.

Lejos de suponer una molestia, el síntoma pretene avisarnos y prevenirnos de que algo va "mal" en nosotros, que algo merece ser mirado, tomado en cuenta. Hoy día a veces puede resultar difícil dedicar parte de nuestro tiempo a escuchar la voz de S.O.S, mientras vamos del trabajo a casa, de casa al súper, del súper al cole de los niños o a la reunión de vecinos, a la conferencia, a llevar el coche al taller, a tomar la cerveza con nuestros amigos o a redecorar el cuarto de estar. Díficil no significa imposible, díficil significa un mayor  esfuerzo.

Por supuesto que la tendencia actual, por fortuna y al menos en determinados sectores de la población, es la de fomentar la toma de conciencia del propio cuerpo, integrar psique y soma, entender de una vez por todas que somos un sistema holístico, completo y global, y que "así ocurre en el cielo como en la tierra". Si el controlador aéreo  que es nuestra cabeza decide irse de vacaciones, y nuestra emociones, fisiología y pensamientos se revuelven y agitan en la incertidumbre, no nos limitemos al ibuprofeno de turno, tomémonos el tiempo necesario para tender un puente hacia el diálogo con nuestro cuerpo.





Felices vacaciones.

sábado, 27 de noviembre de 2010

El equilibrio

Las filosofías y corrientes espirituales de Oriente llevan siglos transmitiendo que la sabiduría de la iluminación reside en cada uno de nosotros en conexión intrínseca con el Todo. Es así que nuestras células están hechas de la misma materia que los astros, y que todos los seres del planeta estamos relacionados por una red invisible que nos conecta los unos a los otros. Sin embargo, los seres humanos nos empeñamos en ser duales, polares, y dividimos el mundo y a nosotros mismos en extremos de modo que nos resulta más fácil organizar la información que recibimos. Nuestro cerebro sin ir más lejos, se divide en dos hemisferios, izquierdo y derecho, con funciones diferentes, que gracias al cuerpo calloso se unen en un sólo órgano. Nuestra mente se divide en consciente e inconsciente, nos llamamos a nosotros mismos "fuertes" o "débiles", "listos" o "tontos", "cariñosos" o "agresivos", decimos que nuestra infancia fue "triste y difícil" o "alegre y despreocupada", y que nuestra madre  era mala y nuestro padre bueno.
Ayer en una conferencia escuché que el mayor mecanismo de defensa del ser humano es la tendencia al equilibrio; quizá desde una perspectiva psicoanalítica esta defensa nos protege de ser psicóticos (lo que algunos considerarían como la tendencia natural en el mundo en el que vivimos) y nos convierte en neuróticos, cargados de traumas y asuntos por concluir que afectan nuestra conducta en el presente.
Reflexionando acerca del equlibrio, me parece que es algo más bien innato en el ser humano, que está  presente en todas las cosas de la naturaleza; desde la fuerza centrípeta de los protones, que mantienen a los electrones en el átomo sin que salgan despedidos por la fuerza centrífuga, hasta la fuerza de gravedad que emerge del núcleo de la tierra, que nos mantiene agarrados a ella. Las fuerzas, en contraposición, regulan y mantienen el equlibrio del Universo. En el Su-Wen, uno de los textos médicos más importantes y base de la medicina tradicional china, se dice que "el yin-yang es el Camino del Cielo y de la Tierra, el principio fundamental de miríadas de cosas, el padre y la madre del cambio y de la transformación, la raíz del inicio y de la destrucción". Es decir, en resumidas cuentas, ambas fuerzas contrapuestas conforman un todo que todo lo contiene y que polariza la energía primordial. Todas las facetas de la vida podrían aplicarse a este principio.
Ahora bien, me planteo si lo mismo podría aplicarse al camino de los iluminados, y si ésta sería nuestra tendencia hacia el equilibrio. Partimos de la neurosis hacia la curación, ¿sería la curación del individuo un extremo que produciría el desequilibrio? ¿O es en el grado de curación donde se encuentra el quid de la cuestión? En pocas palabras, ¿se puede estar alguna vez completamente sano? lo que me lleva a plantearme que si esto es así, es momentáneo, puntual. Al día siguiente nos levantamos con un dolor de cabeza, un resfriado, o una herida en el alma. Lejos de parecer pesimista, considero que es una realidad con la que nos conviene vivir. Si aceptamos que somos susceptibles de cambiar, sea cual sea nuestro estado, aceptamos que la tendencia al equilibrio está en nosotros, y que la plenitud quizá pueda llegar a través de él.

viernes, 19 de noviembre de 2010

De despedidas y "hasta luegos"

El mes de noviembre me trae el que será el último de una serie de encuentros con compañeros de una formación que durante 3 años se ha ido sucediendo todos los meses; aprovecho pues para pararme a reflexionar sobre lo que significa el paso del tiempo, que en su camino da la vuelta, cambia, trae y se lleva cosas que hasta entonces parecían indispensables. No creo que tiempos pasados siempre fueron mejores, simplemente que a veces no nos damos cuenta de que hasta dentro de mucho no repararemos en el valor de lo que sucede ahora. de todos modos, con la perspectiva de lo pasado ya a mis espaldas, hoy puedo sentirme agradecida a todas y cada una de las cosas, personas, situaciones, que me han venido sucediendo en este tiempo y que ya forman parte de mí, de los anales de mi propia historia, y que como fotos en marcadas bajo rótulos de colores, guardaré los recuerdos que he acumulado cuidadosamente a lo largo de estos últimos años. No me siento triste pero no puedo evitar emocionarme, a veces echar la vista atrás me sobrecoge, o me pilla desprevenida sin lugar a prepararme para el golpe. No obstante, en este ir y venir de emociones, me dejaré fluir. Prefiero no amarrar sino soltar y contemplar como la vida me ha brindado la oportunidad de crecer gracias a todas las personas que me han rodeado. Gracias a lo que termina este fin de semana, hoy soy un poquito más completa, más humilde, más mayor y estoy más preparada para lo que venga en el futuro. Me agradezco a mí también haberme dado la oportunidad de formar parte de algo más grande. 
Asique pronunciaré un hasta luego, sincero y profundo, para todo lo que acaba ahora, para reencontrarme con ello en mi corazón cuando me apetezca, cuando extrañe tanto y añore el calor de mis compañeros. Todos sabíamos que esto llegaría algún día, porque, cito a Bernard Shaw, "No hay beso que no sea principio de despedida; incluso el de llegada". A vosotros os dedico este post. Os quiero.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Los primeros rayos de luz al amanecer

Al igual que el sol amanece cada día por el horizonte, variable según la situación geográfica en la que nos encontremos (ya sea mar, montaña, llanura...), la fuerza interior de cada uno aparece al albor de un nuevo día, encontrándose con más o menos inconvenientes. Como rayos de luz, esa fuerza se ve magnificada por nuestro estado interno, que depende, como al observar la salida del sol, de la situación en la que nos encontremos con respecto a nosotros; unas veces, el sol aparece cubierto de nubes, amenazantes y oscuras masas que avecinan tormenta, abriéndose paso a regañadientes mientras que de fondo suena una canción como Streets of Philadelphia, el Adagio en G Menor de Albinoni o cualquiera que podáis imaginar. Entonces podemos pensar en retroceder en el tiempo y volver a despertar en un lugar mejor, o en cambiar la emisora de radio. No es fácil, yo lo atestiguo. En mis indagaciones recientes acerca de la capacidad que tenemos los seres humanos para propiciar nuestros estados internos, tanto positiva como negativamente, me surge la idea de cuan potente es la representación que cada uno tenemos de nuestro mundo, ligada intrínsecamente a nuestras experiencias previas; cuanto más aferrados estamos a estas experiencias con mayor fuerza guían nuestras representaciones mentales y por ende nuestro estado interno.

Cambiemos de escenario. al abrir el ojo por la mañana, una luz brillante ilumina toda la habitación; percibimos su calor, su fuerza y su brillo, mientras poco a poco llena cada uno de los rincones de la estancia, cubriendo con intensidad cada objeto y magnificando su color y su apariencia. De fondo escuchamos una canción con ritmo, como Wake me up before you go go, Your love lifting me higher o bien The eye of the tiger, según gustos. El estado no es el mismo que el anterior, cambia sustancialmente. El horizonte parece mucho más apetecible así, y levantarse de la cama para vivir un nuevo día aún más. en el caso contrario, más vale quedarse en casa, ¿no es así? Parece lógico, aunque a veces no seamos dueños de cómo empezamos nuestro día. O por lo menos, eso es lo que creemos. Que podamos ver salir el sol cada mañana sin depender de la meteorología, está en nuestras manos. Ya estoy pensando en qué canción me pondré mañana al despertar, para hacer la prueba.

"Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar" Antonio Machado.

miércoles, 20 de octubre de 2010

El éxito

Hoy recojo las palabras del célebre poeta, escritor y filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson, que sin duda han iluminado un trocito de mi día y que, como todo lo importante, han llegado hoy a mí casi por casualidad:

 "Reir mucho y a menudo; ganarse el respeto de las personas inteligentes y el aprecio de los niños; merecer el elogio de los críticos sinceros y mostrarse tolerante con las traiciones de los falsos amigos; saber apreciar la belleza y hallar lo mejor en el prójimo; dejar un mundo algo mejor, ya sea por medio de un hijo sano, de un rincón de jardín o de una condición social redimida; saber que al menos una vida ha alentado más libremente gracias a la nuestra: eso es haber triunfado" Ralph Waldo Emerson (1803-1882).

Os deseo que vuestros sueños sean el aliento de generaciones, en cuyas manos está el mundo del futuro.

Buenas noches.


miércoles, 13 de octubre de 2010

Ocurrió en la ciudad eterna.

Una mujer de 32 años yace en el suelo en el metro de Roma. Está tumbada boca arriba, con los brazos extendidos. Durante 20 minutos, gran cantidad de gente pasa a su lado sin ni siquiera acercarse a tocarla, observando la escena desde la perspectiva que les ofrecen sus creencias, condicionantes y valores. Al cabo de este tiempo alguien se decide a llamar a un médico. La mujer había tenido una discusión por un billete de metro con un hombre que acabó por pegarle un puñetazo en la cara dejándola inconsciente, a la vista de todos. Si ya de por sí es brutal la agresión sufrida por parte de este hombre, aún lo es más la omisión de socorro, por la que el alcalde de la ciudad ha pedido disculpas públicamente.

No obstante, este no es un hecho aislado, y me atrevería a decir que diariamente se producen escenas parecidas, e incluso que alguno de los que estáis leyendo esto hayáis presenciado alguna vez semejante despropósito. El caso más famoso fue el de Kitty Genovese, en los años 60. Kitty era una joven neoyorquina que fue asaltada por un individuo, psicópata y agresor sexual, en plena calle junto a su vivienda, ante la mirada de los 38 vecinos que advirtieron que alguien pedía ayuda. Fue atacada brutalmente durante más de media hora y murió en la ambulancia que la llevaba de camino al hospital. Éste caso fue el precursor de que algunos investigadores hablaran de “el efecto espectador”, que predice que es menos probable que alguien intervenga en una situación de emergencia cuando hay más personas que presencian esta situación. En el caso de Kitty, muchos vecinos declararon que suponían que otros habrían avisado a la policía, y que no era necesario implicarse.

De eso se trata, de implicación. Me gustaría saber qué pensaron aquellos que pasaron junto a la joven inconsciente del metro. Qué les impidió acercarse y formar parte de lo que estaba ocurriendo. ¿Acaso no veían que nadie más se acercaba, que nadie ayudaba a aquella joven?. Sin embargo, nos enternecemos cuando vemos en las noticias un vídeo de un gato que parece hacerle un masaje cardiaco a otro gato que está muerto, para después permanece junto a él durante mucho tiempo, acostado a su lado. O cuando nos envían un power point en el que se ve cómo un gorrión acude al rescate de otro que se encuentra agonizando. Dudo mucho que otras especies animales conozcan el efecto espectador. ¿Os acordáis de aquel gato que arañó la cara de su dueña para salvarla de un incendio? Sí, incluso con nosotros lo hacen también. Son muestras de afecto y compromiso que parecen realmente “humanas”. Pero en realidad, la respuesta de “humanidad” hoy día es otra muy distinta. He de decir que me enorgullezco de pertenecer a un planeta donde habitan seres compasivos, afectuosos; seres que no dañan el medio ambiente vertiendo petróleo en las costas, o llenando la atmósfera de moléculas de cloro. Seres cuya capacidad agresiva se limita a la protección de su especie, no a la destrucción de la propia. Me indigna que esos seres no seamos nosotros, los que nos llamamos “seres humanos”, el producto de miles de años de evolución que culminan en la actitud de desprotección total de cualquier forma de vida que habita en nuestro planeta. Esto es lo que somos, y si queremos desarrollarnos como individuos, es necesario que comprendamos qué es lo que estamos haciendo. Espero que algún día dejemos de ser meros espectadores, consecuencia del mundo que nos rodea y podamos ser merecedores de la Tierra que habitamos.

sábado, 9 de octubre de 2010

Cuatro sombreros

Una vez había cuatro sombreros que decoraban un perchero; el primero de ellos, de un suave raso negro, con lazo en un costado, miraba al segundo y pensaba “oh, pero qué vivos sus colores, qué originalidad en su entramado, que distinto a mí mismo”. A su vez, el segundo miraba al tercero, y temeroso se preguntaba “¿de qué material estará hecho? seguro que me puede, pues de todos los que aquí estamos parece el más fiero”. El tercero, por el contrario, miraba al cuarto, y con recelo se le ofrecía “que su calidad era de auténtico espanto”. Y, como cabría esperar, el cuarto miraba al primero, y de tanto y tanto mirarlo acabó por convencerse de que de todos, era el más bello. Así es que los cuatro decoraban con gusto y elegancia el perchero, siempre y cuando no decoraran alguna hermosa cabeza, y de ninguno de ellos era objeto percatarse de lo inútil de sus juicios, pues todos eran obra y gracia quizá del más ingenioso de los maestros, que en sus diseños, imaginativo y valiente como ninguno, dio a cada uno el don más preciado, el de ser único, diferente, y parte importante de algo más grande que ellos mismos. Juntos eran mucho más de lo que podían ser como simples complementos aislados.

Pobres sombreros que, centrados en la existencia de sus compañeros, eran incapaces de enorgullecerse de sus propias cualidades y únicamente admiraban o se jactaban de las características de los otros. Tanto escudriñaban al que tenían delante que olvidaban mirarse así mismos y se les escapaba que el de detrás los miraba a ellos. Cada uno de los sombreros, con sus distintos materiales, ribetes, colores y formas enriquecían con su sello personal el amplio abanico de variedad que se puede encontrar en las sombrererías, y gracias a estas peculiaridades se convirtieron en auténticos artículos de coleccionista.

Y es que, si de algo carecían los sombreros, era de perspectiva. Un buen día el segundo sombrero acompañó a su dueña a escuchar a una persona que hablaba de amor propio, autoestima y reconocimiento. Estas palabras quedaron impresas en el pensamiento del sombrero, que decidió poner a prueba lo aprendido y contrastó con el sombrero primero. Al llegar al perchero lo miró y le dijo “eres tan fino y armonioso que de todos eres el más elegante”. El primer sombrero, sorprendido por las palabras del segundo, se volvió al cuarto y le dijo “eres un auténtico todo terreno, con tu calidad resultas muy funcional”, el cuarto, aún sin creerse del todo que el sombrero más bello dijera eso de él, se volvió al tercero y le dijo “sin duda eres el más provocativo de todos, me gustas” y el tercero, impresionado de que el compañero sobre el que tantos aspectos negativos proyectara antaño, con ímpetu se dirigió al segundo y le espetó “eres como el mismísimo arco iris en un día de lluvia”. De este modo los sombreros, fascinados por sus nuevos descubrimientos, aprendieron a dar y a recibir, y poco a poco sus corazones se fueron abriendo en este intercambio, descubriendo que todos y cada uno eran especiales y dignos, gracias a la mirada amorosa de sus compañeros, para descubrir el amor por sí mismos, sin el cual jamás se hubieran dado la oportunidad de conocerse. Como dijo Confucio, la virtud no habita en la soledad: debe tener vecinos.